Vocación

Nací en un pueblo pequeño, de esos que se incorporan a los mapas con el transcurso del tiempo. Mi familia era tan corta como el nombre de mi madre. La formábamos, mi abuela, Ana y yo. Tan joven era mi mamá que necesitaba ayuda constante para llevarme en brazos al cabo de un año. Sin embargo, era mi familia millonaria de felicidad que con mucho amor te ayudaban a crecer y ser una persona de bien. Pero con lo que uno nace, serás tú y solo tú quién elijas a dónde quieres ir, quien eres, y cómo.

Al paso de los años seguía la constante familiar de velar por mis estudios, parte clave en esa etapa de formación. Ya de adolescente, mis brillantes notas me llevaron a un primer descubrir de algo que no me gustaba. Siendo alumno de una escuela militar de orgullo para muchos, cumpliendo con todo lo que de ella me llegaba, terminando casi mi segundo año, un día lunes a las 10am, finalizaba como casi siempre aquella obligada preparación física. Una ronda de 5km a campo traviesa dejaban a mi uniforme, color verde olivo, totalmente mojado, aquel que había visto la plancha de mi casa de la mano de mi madre 36 horas antes.

Con un examen aprobado para estudiar aviación, con una posibilidad de hacer carrera y estudios de la misma en el exterior del país, ese día lunes me dije, ‘Ricardo, esto, no me gusta. Esto no es para mí.’ Cuantas críticas llegaban, cuando papel blanco en mano presentaba mi liberación. Cuantos regaños, el no entendimiento de todos. Solo algo me hacía más fuerte – sabía que era una decisión.

Llegaría otra etapa con mi entrada a una universidad equivocada. Si, equivocada porque esa tampoco, era para mí.  ‘Los requisitos para la entrada a la educación superior son inviolables’. Era esta la tajante respuesta del ministro de educación de este organismo en mi país. Había escrito una carta suplicándole que me permitiera optar por estudiar derecho, que por solo una décima de punto no obtendría la carrera. Vaya cambio – de las letras a las matemáticas.

Ingeniería Industrial era mi nueva parada en los pupitres. Era visible, sobre todo para mí, que como estudiante prefería más disfrutar de un juego de béisbol por las tardes que escuchar por 45min a aquel profesor de mecánica de fluidos. Creo sería el más de los más rezagados de mi aula. Solo unas pocas asignaturas de letras me daban tranquilidad, las otras me llevaban las manos a la cabeza.

Pasaban los días, meses, y se cumplía el año. Por los pelos aprobaría el curso, ante las claras miradas de profesores que decían, no serás un buen ingeniero. Quizás mi carácter entusiasta, atlético y sincero les dejaba una lectura positiva de mi etapa como alumno.

Ante una época circunstancial para el país de desarrollar el turismo internacional, me llegaba por suerte de magia el traslado de mi grupo a Varadero. La vinculación de mi carrera al turismo formaba parte de este plan de desarrollo apresurado. Seríamos nosotros los pioneros profesionales en el área del turismo.

Varadero era aquel lugar de sueños que desde niño soñaba visitar. Nuestra unidad docente era justo en un politécnico que formaba los recursos humanos de cara a la hospitalidad. Formábamos el Grupo de Universitarios, que por este nombre nos llamaban. Nos diferenciábamos del resto del alumnado – ellos de uniforme, nosotros no. Allí se formaban cocineros, animadores, camareros, guías, tenderos, todo aquel que es parte de un sistema piramidal en un lugar de ocio.

La alegría de aquel magnífico año duraría poco. Nuestro grupo regresaba a la universidad matriz para completar el programa de Ingeniería Industrial. Mis aleatorias prácticas dentro de los hoteles me hacían sentir igual a cuando jugaba o veía un partido de mi deporte favorito, me sentía cómodo. Y así comenzaba aquella inclinación de volver a tomar otra gran decisión sobre lo que quieres hacer y a dónde quieres llegar – dejar carrera a un año de terminar no era común.

Eran las 4 de la tarde, recuerdo perfectamente el lugar y a quien le dije ‘dejaré la universidad’.

‘¿Cómo?’ su vista cambiaba de mirar aquel azul enclave y se dirigía a mí. ‘Estás loco’ me respondía mi compañero Spencer. ‘¡Solo nos falta un año! Ya ha pasado lo peor’. ‘No’ le respondí tajante ‘lo peor pasará si no hago lo que me gusta. Seré hotelero. Me dedicaré a la hospitalidad. Seré hotelero. Cuidaré de que todo el que requiera algo de mi parte salga satisfecho.’ Y así fue, dejé la universidad.

Mi grupo se regresaría y yo permanecería en Varadero. Mi primer trabajo, en un hotel de 5 estrellas – ya las conexiones ayudaban a ello. Pero del hotel no conocía más que su nombre – lo que apreciaba era turistas de todas partes del mundo, el staff, todos felices.  Como un ambicioso en descubrir cada detalle, pedí que me mandaran a un hotel de menor categoría y dinámica menos apresurada, donde hubiera y tuviera la oportunidad de aprender mejor. No estaba apurado. Había descubierto mi vocación.

El primer pantalón azul y camisa blanca, comprados por mí, para ese inolvidable primer día, vieron una botella de Coca-Cola derramarse sobre ellos. Mi posición de la bandeja era de completo principiante. Alguien ayudó a reponerme, alguien quizás se reiría. Hoy, yo me acuerdo. Cuánto me ha servido aquella experiencia para compartir y formar a mi propio staff.  Nadie nace sabiendo. Camarero fue mi primera profesión, mi primer salario, mis abundantes propinas. Fue tan importante como lo es hoy mi presente.

Han pasado casi 30 años desde aquel comienzo. Cual contento estoy de compartirlo con mi familia. La vocación se ayuda con pasión. Esta lleva un estado emocional y de anhelos. La vocación en cierto modo no es genética. Nunca sugeriría a mis hijos ni a nadie hacer algo que en realidad no guste.

He recolectado muchas frases a través de los años, modelos a seguir. Los comparto a continuación:

  1. Siempre te acordarás de quien más te exija para que aprendas, y no de aquel que trate de enseñarte cosas.

  2. Si la presión es bien condicionada, aprende a vivir con ella.

  3. Aprender a fraccionar y descifrar detalles solo se alcanza viendo los detalles primero.

  4. Al cliente dale sencillamente lo que necesita.

  5. Suerte en esta nueva aventura China.

  6. El miedo mío era verde, y sirvió de ensalada.

  7. Mi familia y yo te lo agradecemos, has hecho la diferencia.

  8. Nunca digas que si ni que no muy rápido ante una pregunta complicada. Tómate un minuto y analiza.

  9. Las cosas bien o mal hechas toman el mismo tiempo – entonces ¿por qué hacerlo mal?

  10. Los clientes pueden ser como quieran, el que tiene que ser profesional eres tú.

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